I.
J es una mujer joven que venía regularmente a mis clases.
Poco más de un año después de conocernos, (y desarrollar una relación de esas lindas -no por eso menos complejas- que se generan en el contexto de la enseñanza del yoga postural), las molestias que tenía en sus caderas comenzaron a afectarla de manera más limitante.
Cuando el dolor no se va, sobre todo en caderas, articulaciones tan demandadas durante la práctica, siempre recomiendo una consulta médica; idealmente obtener imágenes, para así comprender con qué diagnóstico, si hubiera alguno, se está tratando y, si el trabajo debe modificarse, de qué manera debe hacerse.
Lamentablemente, las molestias fueron mermando la práctica de J, quien, luego de un tiempo, decidió dejar de asistir a clases. Su intención era hacerse cargo de lo que le estaba pasando y comprender mejor qué camino tomar.
Al despedirse, me agradeció con mucha emoción y yo hice lo mismo. Al borde de las lágrimas, antes de entrar a nuestra última clase juntas, me dijo:
—Me da mucha pena dejar de practicar porque a mí la práctica me hacía muy bien. Yo siento placer al practicar.
Mi cabeza explotó.
II.
Placer es una palabra muy cargada, ¿o no?
Y si juntamos las palabras placer y yoga, me pregunto cuánto nos demoramos en pensar en el kamasutra, el tantra, o las imágenes/ideas respecto del sexo tántrico bastante conocido hoy en día.
Vivimos rodeadas de promesas de placer. Pareciera que todo lo que hacemos debería resultarnos placentero: el sexo ¡por supuesto!, la comida, el trabajo, el ejercicio, comprar, consumir, meditar, incluso rezar. Todo tiene que ayudarnos producir más y, claro, deberíamos sentirnos estupendamente en el camino. Todo el tiempo ojalá.
Sin embargo, en medio de esta oferta aparentemente infinita, nuestra idea del placer parece volverse cada vez más estrecha. Es una contradicción curiosa: mientras más cosas prometen producirnos placer, más difícil parece ser reconocerlo, (aunque claro que entiendo en el privilegio que significa tener tiempo, espacio y disposición para detenerse a sentir placer. Pero esa es harina de otro costal)
III.
Durante una práctica de yoga se sienten muchas cosas. Compartiré algo de lo que me pasa a mí:
Al inicio siempre siento agradecimiento por estar ahí.
Al conectarme con la respiración y el cuerpo, a través del movimiento, voy sintiendo cómo estoy. Dejo atrás las ideas que tengo de mi práctica y de mí misma, y voy reconociendo cómo estoy realmente. No siempre es agradable. A veces estoy cansada, adolorida, impaciente. Cuando practico sola, además, aparece una negociación constante entre desafiarme y/o hacerme cariñito con la práctica.
Casi siempre muchas sensaciones aparecen juntas: habitar el cuerpo completo, despertar la piel, sentir los dedos de pies y manos expandidos. Mantener una postura y explorar la posibilidad de sentir un poquito más: la musculatura que se cansa o se resiste, el equilibrio desafiado, la concentración unívoca.
El cuerpo entra en calor y se suaviza al mismo tiempo que se desafía. Torcerse, recogerse, expandirse. Poner la cabeza en el suelo y los pies hacia el cielo. Llegar a lugares que reconocemos pero que nunca son los mismos.
Estirarse, habitarse, moverse se siente bien.
Y luego, después de todo: soltar (Savasana te amo 💖).
Si comparo la experiencia de la práctica de asanas con los entrenamientos en el gimnasio, la diferencia es abismal. Al menos a mí, todo lo que hago allí me cuesta todo el tiempo. Tomo una clase a la que llego siempre, pero siempre, a regañadientes, transpiro un montón y me quejo todo el rato porque nunca creo que seré capaz de terminarla. Pero ahí me quedo, sufriendo, porque sé que después me sentiré como nueva. Agotada, pero uy, completamente viva.
En cambio, es durante la práctica de yoga que, tal como a J, el placer me acompaña. No siempre. Pero muchas veces sí.
IV.
Cuando empecé a investigar un poco al respecto, me encontré con que las respuestas a una misma pregunta cambian bastante dependiendo de a quién se la hagamos. Una filósofa, una científica, una artista o una religiosa probablemente tendrán cosas muy distintas que decir respecto del placer. O de lo que sea.
En esta conferencia, Siri Leknes, neurocientífica noruega que investiga la relación entre placer y dolor, explica que, aunque solemos pensar en ambas experiencias como opuestas, su relación es mucho más compleja. Comparten mecanismos cerebrales y nuestra percepción de lo agradable o desagradable puede cambiar dependiendo del contexto.
Pienso en lo difícil que puede ser distinguir, durante una práctica, entre la intensidad de un estiramiento que disfrutamos y una sensación que nos está advirtiendo que algo no anda bien. Y también en cómo una misma postura puede resultar placentera un día y profundamente incómoda al siguiente.
El placer y el dolor no parecen ser señales tan sencillas de interpretar como nos gustaría.
V.
Lo que le pasó a J lo he visto pasar otras veces y, siendo honesta, no es fácil enfrentar la posibilidad de que algo que amas, algo que disfrutas profundamente, también pueda estar relacionado con el dolor que sientes.
Las lesiones y los dolores tienen múltiples causas, y no siempre es sencillo identificar qué papel juega una práctica física en su aparición o evolución. A veces es necesario revisar cómo practicamos, cuánto exigimos y qué estamos dispuestas a modificar. O incluso preguntarnos si es momento de dejar de hacer algo.
En la conferencia de Siri Leknes que mencioné antes, aparece un ejemplo clásico: un experimento en el que se les pide a personas que coman chocolate, (¿mejor experimento o mejor experimento?)
Al comienzo, todo bien pero, a medida que seguimos comiendo, y aparece la sensación de saciedad, eso que inicialmente nos producía placer deja de resultar agradable. Y si insistimos, incluso volverse desagradable o repulsivo.
Me parece fascinante que algo que nos gusta no necesariamente nos produzca más placer mientras más lo repetimos. Esto va en contra de la lógica del sistema actual.
(A propósito de esto, les recomiendo escuchar The Sweetest Thing, un episodio de Radiolab, que explora los límites de nuestra percepción de lo dulce. Está en inglés. Una maravilla.)
VI.
Le agradezco mucho a J que haya utilizado esa combinación de palabras al despedirnos. Abrió una puerta conceptual muy interesante, (y espero que ella esté mejor en todo sentido y, sobre todo, que nos volvamos a encontrar en clases más temprano que tarde).
Aunque el yoga tiene una larga historia de búsqueda espiritual y de prácticas orientadas a ir más allá de la identificación con el cuerpo, me van a perdonar si me detengo un momento en algo bastante más terrenal: el placer de practicar.
Porque, a pesar del esfuerzo, de las frustraciones, de las veces que la práctica resulta agotadora o que la cabeza simplemente no se calla, hay algo profundamente placentero en estar ahí. En sentir el cuerpo, en prestarle atención, en descubrir lo que puede hacer. Y también en aceptar, a veces con el ego herido, aquello que no puede.
Y no creo para nada que reconocer el placer en la práctica de yoga le quite profundidad, seriedad o valor espiritual. Tampoco que tengamos que justificarlo como un medio para alcanzar algo más elevado. A veces practicar yoga es placentero. Y me parece muy hermoso, estimulante e importante poder ampliar nuestra percepción del placer.
Me resulta curioso que vivamos rodeadas de promesas de placer y que, al mismo tiempo, quizás pasemos por alto tantas experiencias placenteras que ya forman parte de nuestras vidas.
A lo mejor es porque no lucen mucho como aquello que nos dijeron que era el placer. Quizás porque el uso que le damos a esa palabra es simplemente, muy acotado.



