About Yoga and Grief.

English version below.

Soy practicante de lo que hoy se entiende como yoga desde hace un tiempo. 15 años para ser exacta.

Hace poco más de un año mi compañero murió en un accidente en la montaña.

Si este texto tiene alguna intención diferente a la de simplemente compartir un proceso, esta intención sería la de agradecer. No tengo muy claro a quien en particular así que le agradezco a cada uno de mis maestros que, sin saberlo, me preparaban para poder llevar con bastante entereza un dolor tan grande. También agradezco a aquello que, sea lo que sea, desde muy joven me hizo haber tenido el interés y, con el tiempo, la disciplina para ir de afuera hacia adentro, de la oscuridad a la luz.

Yo comencé mi práctica a pura intuición (lo que sea que eso signifique). Nunca antes hice ejercicio físico y mover mi cuerpo jamás me llamó la atención. Aún así, en mi primera clase supe que eso era.

La práctica fue predominantemente física durante los primeros años pero, a medida que pasaba el tiempo algo cambiaba, lenta y casi imperceptiblemente. Sí, practicaba porque me hacía sentir bien, porque me relajaba, porque mejoraba mi postura, porque desde mi cuerpo físico comenzaba a conocer mis propios límites, llegando a lugares que no sabía que existían. Pero paralelamente  y de manera difícil de explicar para quien no lo haya experimentado,  cambios en el modo de enfrentar la vida comenzaron a ocurrir poco a poco. Un poco de calma por aquí. Cierta valentía por allá.

Esos cambios no se dejaban ver fácilmente pero, cada vez que la vida ponía un obstáculo en mi camino, en vez de luchar contra él sin pensar, la opción de darme el tiempo de mirar y repensar mi camino aparecía. El ritmo era diferente. Cada vez que algo golpeaba mi ser, descubría una fuerza y entereza que no había visto antes.

Hace algunos meses, escuchando con placer a Gabriella Giubilaro (profesora senior de Iyengar Yoga), la oía contarnos cómo, luego de más de 40 años de práctica, aparte de otras cosas el yoga le había entregado estabilidad. La imagen que compartió fue que ella estaba de pie en un lugar estable. Como si fuera una roca flotando en el mar, decía, a veces el agua está tranquila pero otras veces el oleaje es bravo, llevándote de un lado a otro con las olas más altas que tu propia cabeza pero ahí está uno, estable. No es que no te muevas, es que no te caes. Decía que a veces esa estabilidad ayudaba también a los demás.

Cuando todo este proceso recién comenzaba, recuerdo haber pensado que hice yoga todos estos años sólo para ser capaz de poder vivir esto que me tocaba vivir y que, ya podía ver, me llevaría a lugares de dolor, soledad y desesperanza inimaginables. Y bueno, así ha sido. Paralelamente, el camino me ha mostrado la vida y a mi misma con otros ojos. Ojos que ven con claridad que nada es blanco o negro que, al mismo tiempo, un dolor enorme puede acarrear consigo la libertad más grande.

No es que la estabilidad o el coraje deban tener el mismo valor para todos nosotros. Todos estos tipos de conceptos tienen un significado personal para cada uno. No es que tenemos que evitar estar emocional o espiritualmente rotos (en mi experiencia, con el tiempo, las crisis han sido siempre fructíferas). Lo que sucede es que, a pesar de nuestros deseos, el dolor existe. El dolor está ahí afuera y sería bueno que, una vez que llegue, podamos enfrentarlo con los ojos abiertos. Siento que aceptar el dolor disminuye en gran medida nuestro sufrimiento.

Si hay algo que la práctica de yoga me ha mostrado este tiempo es que puedo sentir el dolor profundamente sin miedo, como diciendo: Ok, ven. Te acepto.

La vida no es lo mismo ahora, no puede ser lo mismo. Yo no puedo ser igual.

Más allá de la ilusión del confort, de la sensación de descanso y energía, he aprendido que la sanación misma es un proceso doloroso pues sanar, al nivel que sea, implica una transformación y bueno, a todos nos gusta creer que estamos siempre en lo cierto.

Pero eso es algo que la práctica también me ha enseñado: que la sanación lleva tiempo y que, sin importar lo que digan los demás, no hay apuro.

Afterlife
“Oh my God, what an awful word.”

 

I am a practitioner of what today we identify as yoga since some time ago. 15 years to be precise.

A little bit more than a year ago my partner died in an accident on the mountain.

If these words have a different intention than simply share an experience, this would be to share gratefulness. I’m not sure to whom in particular to thank so I thank each of my teachers who unknowingly prepared me to be able to deal with such a great pain with quite enough integrity. I´m also grateful towards that thing that, since I was very young motivated me to have the interest and, eventually, the discipline to go from outside to inside, from darkness to light.

I started my practice based on intuition (whatever that is). I never liked physical exercise and I never moved my body despite going dancing every weekend. Nevertheless, during my first yoga class I knew that was it.

Practice itself stayed mostly physical during the first years but, as time went by, slowly and almost faintly something was changing. Yes, I practiced because I felt good, it made me feel relaxed, it improved my posture; I practiced and I started to go towards my own limits, reaching internal places I never thought they existed. It is not easy to explain for whom has not experienced it, I started to face life in a different way. A certain calm over here; some courage over there.

Those changes were not easy to see but every time that life put an obstacle in my way, instead of fighting against it without thinking, the option to take the time to look and rethink my way appeared. The rhythm was different. Every time something hit me, I discovered a strength and integrity I hadn’t seen before.

Some months ago, listening with pleasure to Gabriella Giubilaro (a senior Iyengar Yoga teacher), she told us how yoga, after more than 40 years of practice, beyond other things had given her stability. The image she used was that she was standing in a stable place. As if it were a rock in the sea, she said, sometimes the water is calm but sometimes rough waters appear and they take you from one side to another, you see waves coming higher than your own head but there you are, somehow stable. It´s not that you do not move, it is that you do not fall. Sometimes, she said, this stability also helped others.

When all this process just started, I remember thinking I practiced yoga all these years just to be able to overcome this that was in front of me and that, already back then, I could see it would take me to places of unimaginable pain, loneliness and despair. Well, that´s how it has been. At the same time, the road has made me able to see life and my own self through different eyes. Eyes that clearly see that nothing is black or white that, at the same time, a huge pain can bring also the greatest freedom.

It´s not that stability or courage has to be equally valuable for all of us. All these concepts mean different things for each of us. It´s not that being emotional o spiritually broken has to be avoid (in my experience, it has been with time the most rewarding experience). It is that, despite our wishes, pain exists. Pain is out there and it would be great if, once it comes, we´re able to face it with eyes open. I feel that embracing the pain diminishes greatly our own suffering.

If there’s anything that the practice has shown me during this time this would be that I can feel the pain openly with no fear, saying something like: Ok, come. I accept you.

Life it´s not the same anymore. I am not the same.

Beyond the illusion of comfort, of feeling rested and energetic, I have learned that healing is a painful process itself for healing, at any level, implies a transformation and well, we all like to believe we are always right.

But there is something else that practice has also taught me and this is that healing takes time and that no matter what anyone says, there is no hurry.

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